Padres o amigos: claves para poner límites efectivos en la adolescencia

Javier y su hijo Tomás, un adolescente 15 años, tienen una relación que muchos jóvenes envidiarían. Cuando Tomás decide salir por la noche con sus amigos, su padre no pregunta a dónde va ni pone restricciones sobre la hora de regreso. “Aprovecha mientras sos joven”, le dice Javier con una sonrisa cómplice, mientras recuerda que sus padres fueron muy estrictos. Javier parece más un amigo de su hijo adolescente que un padre.

La falta de límites es evidente; Javier se enorgullece de ser el “padre copado” que no impone reglas ni supervisa. El “no” no forma parte de su vocabulario. Sin embargo, esta aparente libertad tiene un costo: Tomás navega su adolescencia sin la guía y protección que necesita, enfrentándose solo a las decisiones y riesgos propios de su edad.

Entonces, la amistad con los hijos, ¿está bien?, ¿es una buena práctica o una confusión de roles?, ¿qué hay detrás de una actitud cada vez más frecuente en los adultos, con consecuencias para toda la vida?

¿Padre amigo o padre cercano?

Víctor Giorgi, licenciado en Psicología, ex director general del Instituto Interamericano del Niño, la Niña y Adolescentes (IIN) en su carácter de organismo especializado de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y ex decano de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República de Uruguay (UDELAR), hace una distinción fundamental: el padre cercano y el padre amigo.

“El padre amigo es un adolescente más, por lo menos, en la fantasía ―es una pretensión porque nunca lo va a ser―. No existe una paridad entre un padre y un hijo, pero se pone en el plano de otro adolescente”, define Giorigi.

Y continúa su explicación: “Mientras que el padre es cercano si, desde el lugar de adulto, se abre y dialoga, respeta, ejerce la autoridad desde la experiencia, pero no con un autoritarismo incondicional, y acepta al hijo como un otro, como alguien que es diferente a él y no como alguien que es igual”.

A su vez, Giorgi señala que “el tema de los padres amigos es, para el adolescente, no tener un modelo adulto”, y da cuenta de una situación que sucede cada vez con más frecuencia: “Hoy la adultez es como una adolescencia prolongada en el tiempo, pero que no tiene niveles de autonomía. Los niveles de asumir compromisos, iniciativas de vida. Quedan atrapados como en una seducción de ese amigo adolescente en lugar de padre o madre”.

Por su parte, María Eugenia Saavedra, licenciada en Psicología, profesora titular y coordinadora del programa “Problemáticas de la subjetividad en niños y adolescentes”, que forma parte del servicio de atención de la Facultad de Psicología en el Hospital de Clínicas, coincide con la distinción que ofrece Giorgi y suma categóricamente que: “No está bien ser amigos de los hijos adolescentes, es desdibujar la función de un padre, pero sí es bueno que un padre sea accesible”. Las razones son varias.

Según advierte Saavedra, “en estos tiempos ya se pueden observar las consecuencias de muchos años de una práctica de relación entre los padres y sus hijos adolescentes donde se rompió, o se intenta romper la asimetría, la cual es necesaria para el desarrollo de un adolescente porque todavía están en tiempos de crianza. Hay una falsa creencia que los adolescentes tienen que manejarse solos”.

Y una cuestión esencial sobre la que enfatiza la experta: “Es necesario no necesitar que tu hijo te quiera siempre, mantener una distancia pero cercana”. Ser un padre “demasiado copado” tiene un precio alto.

Las consecuencias de ser un padre amigo

Las consecuencias de que los padres asuman un rol de amigo con sus hijos adolescentes pueden ser variadas y significativas, desde .

Para Giorgi, “el adulto quiere seguir siendo joven, que mientras se parezcan a sus hijos adolescentes, no envejecen. Y eso es un problema del adulto que impacta en el adolescente”. Ante esta actitud, el padre amigo “deja (al adolescente) fijado en la adolescencia. O sea, no ayuda a la adultez, a la autonomía, porque se transforma en un par que está presente todo el tiempo y que tiene más peso, más fuerza que él, más experiencia, más recursos. Entonces queda atrapado en este vínculo y eso dificulta el crecimiento”, explica el experto.

Saavedra enfatiza que los padres que “comprenden absolutamente todo y dicen que sí a todo, no ayuda al adolescente a construir un criterio” porque “el sí y el no de la vida cotidiana van construyendo su modo de desarrollar sus valores personales”. ¿La consecuencia de los padres como Javier, el copado que dice a todo que sí? La soledad de los adolescentes.

En el libro The Narcissism Epidemic (La epidemia narcisista), los autores Jean Twenge y W. Keith Campbell aportan un enfoque interesante sobre la cuestión y mencionan que algunos padres, en su esfuerzo por ser vistos como amigos de sus hijos adolescentes, pueden contribuir al desarrollo de actitudes narcisistas.

Los autores señalan que esta tendencia refleja un cambio cultural hacia una mayor permisividad y menos estructura en la crianza. Al querer evitar conflictos y buscando ser populares entre sus hijos, estos padres tienden a abdicar de su rol de autoridad, comprometiendo así la formación de límites y normas fundamentales para el desarrollo de una personalidad equilibrada.

Twenge y Campbell explican que esta actitud puede llevar a los hijos a desarrollar un sentido “inflado” de su propia importancia y a esperar un tratamiento especial en otros ámbitos de la vida.

La falta de límites claros y la ausencia de consecuencias coherentes pueden impedir que los adolescentes aprendan lecciones cruciales sobre responsabilidad, esfuerzo y consideración por los demás. En definitiva, indican que si bien es importante mantener una buena comunicación y cercanía emocional con los hijos, no se debe confundir esto con ceder el papel de guía y autoridad que los padres deben ejercer para promover un desarrollo saludable y equilibrado.

Según Twenge y Campbell, esta falta de autoridad puede dificultar que los adolescentes aprendan a respetar reglas y a desarrollar una conducta responsable, lo cual es esencial para su crecimiento y madurez.

¿Quién transmite los límites a los adolescentes cuando los padres son amigos?

“El padre que asume el rol de padre más allá de la proximidad y de la buena comunicación, pone el límite”, subraya Giorgi.

Y suma: “Los límites que el padre o la madre ponen no deben ser límites que condicionan el afecto, o sea, no es sancionatorio. Se plantean como necesidad para manejarse en la vida, una orientación”.

En esta misma línea, Saavedra dice que “la función de un padre es saber decir que no con criterio, transmitir la medida, con mucha fuerza de decisión, sabiendo que lo que dice es porque lo está cuidando o protegiendo”.

A su vez, la experta señala que “las personas están muy vulnerables a la necesidad de ser bien visto y amado. Entonces, los padres están bajo esas miradas juzgadoras de los otros si dicen que no, o si los hijos sienten un odio intenso, profundo, transitorio por poner un límite”. “Al no encontrar un límite en la casa, en el hogar, lo encuentra afuera, en la sociedad, impuesto por gente que no necesariamente los quiere cuidar”, sostiene Saavedra.

“La adolescencia es una etapa de mucha vulnerabilidad, entonces es necesaria la cercanía de los padres para que, en la práctica misma de situaciones cotidianas, ir ayudando a reconocer límites y a transmitir modos posibles de tratar con esos límites”, apunta.

Y aporta cuestiones clave para poner límites efectivos: “Los límites no se imponen, sino que acompañan, para que vayan logrando un cauce. Para eso, es necesaria la pausa de los padres respecto del impulso de resolver ya, para reflexionar y no caer bajo la exigencia de tener todas las respuestas inmediatamente”.

Según explica Susana Grunbaum, psiquiatra especialista en niños y adolescentes y ex Coordinadora del Programa Nacional de Salud del Adolescente (ASSE) de Uruguay en el portal de crianza de UNICEF, “es importante, cuando los padres acompañan en este proceso de autonomía, se ponen límites que son necesarios para crecer, porque tienen que estar. El límite es lo que nos da las normas, a las cuales todos estamos expuestos en una sociedad para vivir adecuadamente. Las normas son las que pone esa familia hacia adentro y también hacia afuera de qué es lo que se puede o no hacer en cada momento de la vida”.

A su vez, Grunbaum detalla que “esas normas tienen que ser coherentes, no absurdas y exageradas. También tienen que ser consistentes porque otra cosa es cuando no se cumplen y ponemos una sanción. Puede ser un par de días, pero nunca suspender actividades sociales, deportivas y recreativas porque eso es lo que hace bien a los adolescentes porque en esos sitios y espacios también hay normas y hay que vivirlas. Allí también van a haber límites y sanciones”.

“En esto no hay recetas. Hay que tener paciencia y saber esperar. La cuestión es poner las cosas arriba de la mesa, argumentamos, discutimos”, agrega la psiquiatra.

Claves para poner límites efectivos en la adolescencia

Entre los consejos que pueden ayudar a crear un ambiente equilibrado donde los adolescentes vivan la cercanía de sus padres sin dejar de lado la asimetría, están:

Establecer reglas claras y precisas: Comunicar expectativas de manera concreta y asegurarse de que los adolescentes comprendan las normas que tiene que cumplir.
Mantener la consistencia: Aplicar las reglas de manera uniforme y constante para evitar confusiones y asegurar el respeto.
Fomentar la comunicación: Crear un ambiente donde los adolescentes se sientan cómodos, que puedan expresar sus opiniones y preocupaciones libremente.
Ser ejemplo a seguir: Los padres deben actuar de manera coherente con las normas que establecen.
Incluir a los adolescentes en la creación de reglas: Involucrar a los hijos en la elaboración de las normas puede aumentar su sentido de responsabilidad y compromiso.
Establecer consecuencias y sanciones justas y proporcionadas: Las consecuencias deben ser razonables y directamente relacionadas con la infracción.
Reconocer y reforzar el buen comportamiento: Celebrar los logros y comportamientos positivos para motivar y reforzar las conductas adecuadas.
Mostrar flexibilidad cuando sea necesario: Adaptar las reglas según la madurez y las responsabilidades asumidas por los adolescentes, sin comprometer la estructura y el respeto.
Ser un buen oyente: Escuchar activamente a los hijos para comprender sus puntos de vista y emociones.
Proveer apoyo emocional y orientación: Estar disponible para ofrecer apoyo, consejo y orientación, demostrando empatía y comprensión.

Entradas relacionadas

Deja tu comentario